EL COLEGIO MAYOR SAN BARTOLOMÉ EL VIEJO

            A pesar de que D. Diego de Tejada sólo fue alumno de este colegio salmantino durante algo menos de dos años saliendo de él con el pobre título de bachiller en teología, el hecho de haber pertenecido a esta institución fue determinante para acceder a puestos de gran relevancia en la siempre influyente jerarquía católica.  El prestigio y la preeminencia social que este colegio confería a sus alumnos hicieron que, implícitamente, tuvieran asegurado un cargo de importancia en la dirección política y religiosa España.  Por la importancia que su pertenencia al mismo tuvo en la vida de nuestro protagonista, es por lo que se cree interesante referirse brevemente a su historia.

Colegio San Bartolomé

       Los colegios mayores eran centros docentes en régimen de internado que estaban acogidos a la protección real y pontificia y requerían además para su ingreso determinadas condiciones físicas, intelectuales (ser bachiller en una facultad), económicas (carecer de rentas) y y otras circunstancias personales como llevar una vida intachable y tener limpieza de sangre.  La universidad de Salamanca tuvo varios de estos colegios mayores. El más importante fue el de San Bartolomé.

             El expediente de ingreso consistía en un protocolo en el que un colegial, nombrado por los colegiales del mismo, reunidos en capilla, entrevista a diferentes personas de distinta edad y responsabilidad del pueblo originario del opositor y su familia, a las que se les somete a un cuestionario de diecinueve preguntas principalmente destinadas a probar su limpieza de sangre, la legitimidad de su nacimiento y su rectitud y buenas costumbres.

 

            Este colegio, como muchos otros creado para ayudar a jóvenes virtuosos y aplicados pero faltos de recursos, fue fundado en Salamanca por el obispo de Cuenca Don Diego de Anaya Maldonado en el año 1408.   En 1760 se derribó el antiguo edificio, para dar paso al actual, por mandato del rector José Cabezas Enríquez, realizando los trabajos Juan de Sagarvinaga. Estos colegios, estrechamente unidos entre sí dieron muy pronto origen a una casta cerrada que llegó a tener en sus manos los puestos importantes del gobierno, las cátedras y los cargos dirigentes de la Universidad.  Disponían estos colegiales de un instrumento legal y también privilegiado, la Real Junta de Colegios, creada a mediados del siglo XVII para entender exclusivamente en sus asuntos; estaba formada por consejeros y camaristas de Castilla “con la expresa condición de haber sido colegiales, los cuales, como fácilmente se comprende, se opusieron siempre a esta evolución y fueron acérrimos defensores de situaciones privilegiadas y abusos inveterados.”  Dentro de la Universidad trataron de usurpar todo tipo de privilegios consiguiendo la exclusiva de la provisión de cátedras que habrán de ser otorgadas por turnos en las facultades de Derecho Civil y Canónico y, con prioridad, en las Artes y Teología.

            En lo que respecta al régimen interior de los colegios, habían introducido igualmente todos los abusos imaginables, lo mismo en la provisión de becas, edad y fortuna de los candidatos que en lo referente a las costumbres, régimen de clausura, celibato, absentismo, juegos, etc.

            La pobreza, que había sido requisito principal para la entrada en los Colegios, fue por entero soslayada, hasta el punto que eran los colegiales pobres quienes no podían mantener la pompa de trajes y criados que ostentaban los poderosos;  de hecho, estas instituciones se convirtieron en un dominio de la aristocracia, que disponía de ellas como de un feudo.  La indisciplina ya petulancia de los colegiales hacían gala provocaban frecuentes conflictos y hasta alborotos públicos por meras cuestiones de etiqueta o de relevancia social, dando ocasión incluso, a desafíos sobre cuestiones como quién habría de ceder  la acera.  De estos colegios, manejados y protegidos de las casas nobles, colmados de honores, privilegios, distinciones y prerrogativas, ensalzados y favorecidos por los monarcas y los gobiernos, salían la casi totalidad de quienes iban a ocupar los cargos públicos, sedes episcopales y demás dignidades eclesiásticas.

Pórtico colegio San Bartolomé el Viejo

            Todos los ministros togados del reino, salvo raras excepciones, habían sido colegiales mayores.  Cuando, más tarde, la reacción contra los colegios les obligó a defenderse, uno de los escritos aparecidos con este fin aducía a los inmensos servicios prestados a la Nación por sus miembros y ofrecía una inacabable relación de los que habían ocupado puestos importes en el gobierno de la iglesia y el Estado.  Los nombres pasan de 5.500 y allí se enumeran: 135 cardenales, 133 arzobispos, 470 obispos, 27 inquisidores generales, 19 confesores de santos, reyes e infantes, 47 virreyes, 90 capitanes generales, 49 presidentes de consejeros de Castilla, 347 consejeros, tres santos canonizados, etc.

            Estos colegiales y ex-colegiales y demás afiliados a ellos, formaban una asociación con visos de secreta y juramentada que se extendía por toda España, que todo lo tenía invadido y que ejercía un omnímodo poder en el Estado.  El espíritu de pobreza impuesto por los fundadores se había burlado, las becas pasaron a ser patrimonio de estudiantes nobles y ricos quienes permanecían en el colegio hasta alcanzar un puesto de importancia.

            Enfrente de los colegiales se hallaba el resto de los estudiantes que, al no haber logrado el ingreso en los colegios, carecían del rico y seguro porvenir de aquéllos.  Estos “manteístas” - llamados así por el largo manteo característico de quien no podía usar la beca de los colegiales- fueron quienes, a lo largo de todo el siglo XVIII, combatieron con mayor tenacidad contra la casta colegial y defendieron los proyectos de reforma.  Ellos fueron los partidarios de toda innovación mientras los colegiales se acreditaban como los mantenedores del tradicionalismo.  La lucha entre ambos bandos, aun siendo en gran parte ideológica, no lo era de forma exclusiva; había también, inevitablemente, una rivalidad profesional y un odio de clase acumulado durante siglos, estimulado por los abusos de la casta privilegiada, detentadora de todas las ventajas.