EL HOSPITAL REAL Y GENERAL DE NUESTRA SEÑORA DE GRACIA

            

Hospital Ntra Señora de Gracia

 Este hospital, bien conocido por nuestro paisano, fue levantado a principios del s./ XV, sufriendo una destrucción casi total durante los episodios de la Guerra de la Independencia, a consecuencia de los cuales desaparecieron la totalidad de sus archivos por lo que es prácticamente imposible reconstruir la historia de nuestro antepasado a su paso por la ciudad del Ebro.

 

              El Hospital de nuestra Señora de Gracia surgió en el año 1425, respondiendo a la tendencia que aparece en muchas ciudades, a comienzos de la centuria, de crear grandes hospitales generales. Se trató de un hospital exclusivamente concejil, controlado únicamente por la burguesía urbana, atenta siempre a evitar cualquier intromisión de la corona.

 

            En Zaragoza la idea de crear el hospital partió del municipio, pero éste buscó inmediatamente el apoyo del rey -Alfonso V el Magnánimo- para tener éxito en su empeño. De esta forma el hospital reunirá desde sus orígenes una triple característica: es, como todo hospital, una institución eclesiástica (y como tal el rezo de las horas era su función más importante, hasta que la aprobación de la Compañía de Jesús rompe con esta tradición de los institutos religiosos), municipal (el concejo zaragozano tendrá sobre él un cierto dominio, y los ciudadanos que ostentan el poder en el municipio lo van a gobernar junto con el cabildo de La Seo) y regio (considerándose «casa real», lo que le permite contar con la protección del rey y del reino, que le concederán importantes ayudas pecuniarias y la posibilidad de pedir limosna en cualquier iglesia y población de Aragón). Es, por tanto, un hospital de la ciudad y del reino.

 

            Durante el siglo XVII, en cuyo final nuestro paisano fue visitador real,  la regresión aragonesa afecta también al Hospital. Sus dificultades eran ya evidentes en 1584; ha pasado su gran época, y las dificultades se van a mantener a lo largo de todo el siglo. La exención de la jurisdicción real no pasa de ser teórica (paralelamente a la pérdida de autonomía del reino), pues aunque los regidores creen tener derecho a ella por la bula de Clemente VII, no la ejercen nunca, sino que cesan en el cargo al ministro o sirviente perseguido por la justicia real para que ésta pudiese actuar.

 

            En el siglo XVII los regidores pasan a detentar el cargo de forma perpetua, en contra de lo que disponían los estatutos, y dado que muchos regidores con los achaques de la edad no podían atender a sus obligaciones, se nombran nuevos, con lo que su número sobrepasa el fijado por las ordinaciones. Con frecuencia los regidores buscan quienes les sustituyan, y luego les suceden en el cargo. Además, el tercer regidor secular, no ciudadano, pasa a ser ocupado con frecuencia, durante la segunda mitad del siglo XVII, por personas de la nobleza titulada, lo que plantea numerosos problemas de precedencia a la hora de asistir a las Sitiadas: siempre se habían colocado en ellas por antigüedad, precediendo los eclesiásticos a los seglares.

 

            El número de enfermos no parece ser superior al del siglo anterior. Los locos son los que verdaderamente llevaban el peso del Hospital, desempeñando las tareas más humillantes y más duras; como mano de obra no remunerada y absolutamente dócil y no libre, no diferían gran cosa de los esclavos, aunque fuesen intransferibles, pero se les trataba peor que a esclavos: andaban mal vestidos y alimentados, y eran obligados a trabajar en los oficios más penosos, al tiempo que se les conducía con crueldad. Todo ello se acusa y refleja en su elevada mortalidad.

 

            Sobre los ingresos del Hospital hay que destacar la inexistencia de frutos decimales y de predios dominicales, por lo que las rentas ordinarias -más de la mitad de las cuales son censales- eran muy limitadas; la mitad de los ingresos del Hospital se deben a rentas extraordinarias, obtenidas de las limosnas recogidas bajo los más diversos conceptos. Así pues, el Hospital vive fundamentalmente de las limosnas, e incluso los ingresos ordinarios son antiguas donaciones que producen unas modestas rentas.

Hospital de Ntra. Sra. de Gracia desde un lateral

 

            Los gastos se dedican fundamentalmente a la alimentación, y es evidente la baja cantidad relativa destinada a sueldos, y la ínfima que se dedica a la botica. Durante el siglo XVII los censos rinden menos y son más difíciles de cobrar; al propio tiempo las limosnas se vuelven más escasas. Como los gastos no decrecen, el Hospital se ve obligado a recurrir a la venta de su patrimonio: a partir de 1620 las ventas de bienes se inician con cierto ritmo, pero será a partir de 1640 cuando comiencen las ventas masivas a causa del gran número de enfermos que ingresan en el Hospital (hay que tener en cuenta que la guerra de Cataluña ocasiona gran número de bajas, y son muchos lo soldados enfermos que llegan a Zaragoza) y de la subida de los precios por el ascenso violento de la demanda. Esta doble incidencia provoca el aumento de los gastos del Hospital.

 

             La capacidad del Hospital de 1725 a 1736 era de 472 camas, ampliables en caso de necesidad a 641, con promedio de camas ocupadas entre 281 y 407. Todo ello sin contar con las de dementes y tiñosos, que vendrían a ser unas 150 más. Además, los expósitos que el Hospital ingresaba cada año eran unos 250, manteniéndolos dentro y fuera del Hospital a lo largo de cinco años. El total de expósitos mantenidos en todo momento por el Hospital entre los años 1723 y 1727 fue de 1.221.

 

A lo largo más de tres lustros Juan José de Tejada es el representante real en  este importantísimo centro sanitario y de caridad de la capital maña. Es en él donde desarrolla un gran fervor por la virgen titular del mismo que le llevaría, muy probablemente, como se verá más adelante, a trasladarlo a su localidad natal construyendo, extramuros del pueblo, una ermita en su honor, y erigiéndola como patrona de Galilea.

 

Pero en el comienzo de esta nueva centuria, el inquisidor pasa a ser nombrado consejero del Consejo de la Suprema, y abandona el cargo de visitador real en este importante hospital aragonés, que con tanta dedicación lo ejerció durante tanto tiempo.