Se abre al culto la iglesia de San Vicente después de dos meses cerrada para acometer su repintado interior.

Tal y como refleja la fotografía panorámica tomada el día de San Roque de 2005, la iglesia de nuestro pueblo ha quedado como nueva con el pintado integral de su interior acometido a lo largo de dos meses y medio, durante los cuales el culto se ha celebrado en la ermita de la Virgen de Gracia, situada en el extrarradio de Galilea. Según el año reflejado en el techo del templo, la última vez que se efectuó el pintado de la iglesia fue en el de 1953. Medio siglo largo era tiempo más que suficiente para que las manchas de humedad y el desconchamiento hicieran su aparición y hubiera que eliminarlas en cuanto se contara con un presupuesto suficiente para abordar una obra de tal magnitud. Esta ayuda llegó a través de la subvención concedida por la Consejería de Cultura del Gobierno de la Rioja, que aportó el 70% del importe total que ascendió a 51.000 € (casi nueve millones de pesetas). El resto se abonará mediante aportaciones voluntarias de 50 € por parte de cada uno de los feligreses de Galilea.

Esta obra con ser importante, no lo es menos que la que se llevó a cabo en el inicio  de los años noventa del pasado siglo cuando se rehabilitó íntegramente el interior de la capilla del Pilar cuyo retablo amenazaba con desprenderse irremisiblemente sobre el suelo de la misma y en cuyas paredes se había instalado la humedad y el abandono de manera preocupante. Asimismo la pequeña sacristía localizada en un lateral de la misma estaba amenazada por desprendimientos parciales de su sillería que hacían peligrar su integridad y la de quien se atreviera a penetrar en su interior. Afortunadamente hubo tiempo suficiente para abordar su rehabilitación que aunque no se logró en la totalidad de todos sus elementos de interés arquitectónico o pictórico sí se consiguió que esta joya de nuestro patrimonio religioso se salvara del injusto olvido en el que había caído en los últimos tiempos. No obstante la leyenda que en tiempos pretéritos cerraban los arcosolios del arzobispo y del inquisidor y que hasta tiempos muy recientes eran las únicas referencias que teníamos de ellos, habría que reconstruirlas ya que de lo contrario habremos perdido para siempre parte de nuestro patrimonio y también de nuestra historia. Es posible que ahora sea un buen momento para ello.

También en los años noventa, pero más hacia la mitad de su década, se abordó en nuestro templo otra obra de gran envergadura, posiblemente la de mayor trascendencia para la conservación del mismo, como fue la sustitución casi integral de las traviesas de madera que soportaban su techumbre así como colocación de nuevas tejas que estaban destrozadas por el paso del tiempo o que en el peor de los casos habían desaparecido. Con este mismo presupuesto se acometió también el arreglo de la sacristía principal del templo que en aquellos momentos casi amenazaba ruina. Si a todo esto se une que, también por aquellas fechas, la base de la iglesia fue rodeada con un muro de hormigón para preservar y potenciar la solidez de sus muros, podemos asegurar que el patrimonio que nos legaron nuestros antepasados se lo entregamos en buenas condiciones a las generaciones futuras. Al fin y al cabo dentro de un siglo casi nadie se acordará de nosotros, pero nuestro patrimonio, si se conserva como es debido, será un testigo mudo pero sumamente preciso de nuestros comportamientos.